Mostrando entradas con la etiqueta cosas simples. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cosas simples. Mostrar todas las entradas

viernes, diciembre 17

Eres lo que comes, o eso dicen


¿Es necesario decir algo sobre esta ilustración? Yocrono.

miércoles, diciembre 15

De botargas japichaini


Ya sé que el desfile del Día de Gracias en Estados Unidos fue hace unas semanas atrás, pero es que apenas vi las fotos y descubrí que Takashi Murakami recorrió, así como lo ven, las calles en un carro alegórico. La pura japichainez, caray. Por supuesto, quiero una botarga así para la próxima fiesta de disfraces. Gracias.

Regalo invernal




Esta guapura llegó apenas la primavera pasada a mi casa, y lo hizo con flores, claro. Así que cuando se marchitaron, di por hecho que si bien me iba, vería nuevos botones hasta el año entrante. Pero por lo visto a la señorita le agradó su hogar y decidió sorprenderme antes. Adorable obsequio de su parte, diría yo. ¿Lo mejor? En medio de las dos flores, se esconde otro botón. Y en su otra rama, que no se ve en las fotos, tiene como tres más en crecimiento. No puedo de la alegría.

lunes, diciembre 6

Totoro es amor

Llevo días con la intención de añadir este .gif a mi firma de mail, pero en lo que encuentro cómo se hace, se los pongo aquí.


Si no ven literalmente llover, den click acá. Y olviden mi incapacidad para causar el mismo efecto en este post.

martes, noviembre 30

¿Araña en potencia?


Hace unos días me armé de valor para tomar unas agujas de tejer y aprender a hacerlo. O al menos intentarlo. Y digo valor porque no siempre permitirse aprender algo nuevo resulta sencillo. El temor de no hacerlo bien, de descubrir que no tenemos suficiente talento o paciencia para ello puede frustrar o amargar el disfrute. Supongo que sirvió que había té, helado y mucha japichainez de por medio, porque no solo me gustó más de lo que en otro momento hubiera pensado. Me llenó de alegría el simple hecho de montar y enlazar puntos, incluso a sabiendas de que para convertir en maravillas una madeja hay un largo trecho que no sé aún si recorreré del todo. Pero qué importa. Ya fui capaz de reírme de mí misma y el pronóstico (certerísimo) de que tejería apretado. Supongo que si a la mera hora fracaso en la misión de convertirme en una verdadera araña, no me sentiré mal por no haberlo logrado.
Lo que también descubrí con gran fascinación es que tejer es tan hipnotizante como gratificante. Uno se concentra en el ir y venir de la agujas y el mundo se desdibuja. Se sonríe genuinamente por el hecho de ir viendo cómo las manos hacen que una bola de estambre vaya tomando forma de un bufandín, por ejemplo, aunque sea bajo el punto más básico. Y ni hablar de la especie de comunión tan especial, tan gozosa, que genera cuando se hace entre un grupo de mujeres. Con razón nuestras bisabuelas y abuelas tejían y tejían.

miércoles, noviembre 3

Trapitos así...


Miren nomás qué bonitez de muñecos me fui a encontrar por andar buscando una foto para ilustrar mis impresiones de Let the Right One In. La responsable de su confección se encuentra aquí merito.

Juegos de palabras

Para mí, escribir es jugar con las palabras. Se trate de escogerlas, darles un orden y un sentido determinado para comunicar una idea simple, describir una situación, relatar un hecho, retratar a una persona, despertar emociones o... conjugarlo todo y sumergirte y sumergir a otros en un mundo entero. Un juego que todos jugamos incluso sin darnos cuenta en muchos y variados niveles de dificultad. Pero un juego más propio es enunciar palabras que por sí solas me divierten, que me gusta cómo suenan o lo que me evocan (aunque en forma estricta no tenga que ver con su significado). Me fascina encontrarlas (más por casualidad que con deliberación), pronunciarlas, saborearlas y archivarlas en ese cajoncito especial que he creado para ellas en mi mente.
Hace unas semanas me encontré con un personaje que en la primera página de su historia (Una pantera en el sótano) hablaba más o menos de lo mismo. Su nombre es Profi. Y me hizo comprender que el autor detrás de él me iba a hacer pasar muchos grandes momentos, no sólo al hacerme reflexionar con lo que escribe, sino por su amor notorio a las palabras y a jugar con ellas. Doy gracias, pues, por la existencia de Amos Oz.

Y acá, el susodicho parrafito:

El mote de Profi se me quedó desde que era pequeño. Es el diminutivo de profesor, por la manía que tengo de jugar con las palabras. (Todavía me encantan las palabras: coleccionarlas, ordenarlas, mezclarlas, darles la vuelta, formarlas. Más o menos como hacen los que aman el dinero con las monedas y los billetes, o los que aman el juego con las cartas). 

lunes, noviembre 1

Sueños arbóreos


Me encandilan los árboles. Admirarlos. Pasear entre ellos. Escuchar cómo su follaje se comunica con el viento. Tocar su corteza. Olerlos. Contemplar sus cambios estacionales. Pero también los nombres que alguien ha tenido a bien ponerles, aunque al escucharlos o leerlos no distinga claramente unos de otros. Así cambien de nombre según la región que los alberga. Como sea, yo sueño con bosques de abedules, rododendros, abetos, acacias, ceibas, adelfas, álamos, robles, fresnos, mirabobos, olmos, cipreses, sauces, sicomoros, ahuehuetes, pirules, ailes, sequoias, baobabes, ginkgos, cerezos... Aunque según he encontrado, por mi fecha de nacimiento, el castaño es mi árbol. ¿Será?

*Los de la foto son unos baobabes, que sólo se dan en África, concretamente en la región del Sahara. Habrá que ir a embelesarse en vivo con ellos algún día (la foto es de blogverde.com).

martes, octubre 26

Siempre pasan cosas

Llevo varios días pensando en la facilidad e incluso el desprecio con los que solemos decir que no pasa nada en nuestras vidas cuando, en el sentido más estricto, siempre están sucediendo cosas. No sólo a nosotros, también frente a nosotros, a nuestro alrededor. Que no pase lo que queremos, como lo queremos, en el momento que queremos... es otro asunto. Pero si uno pone atención, en vez de andar divague y divague, puede notarse que el día entero está compuesto de pequeños y grandes sucesos, uno detrás de otro, incesantes. Cambios en el paisaje, en el entorno. Personas con las que nos encontramos, casual o deliberadamente. Noticias de las que nos enteramos. Accidentes caseros u oficinísticos que nos desesperan o nos hacen reír (según el humor del que andemos). Sensaciones. Emociones. Acciones. Reacciones (propias y extrañas). Gente que viene y va. Hechos inesperados. Descubrimientos. El mundo sucede a tiempo completo, con nosotros ahí incluidos. Y eso es mucho más que suficiente para embriagarse un día sí y otro también, independientemente de nuestras expectativas ante un domingo, un lunes o cualquier otro día de la semana. Ningún día es igual, aunque echemos mano de sólo siete nombres para llevar un control de su transcurrir. Digo yo.

miércoles, octubre 20

Caminatas memorables



Cuando me los dejaron encargados, a mí me dijeron que había que pasearlos más allá de la esquina al menos una vez. Cosa que yo tomé muy en serio. De modo que este par de peludos no puede quejarse de que durante su inquilinato en mi casa su necesidad de salir a la calle ha sido relegada a segundo término. Pero más que hacerlo por obligación, confieso que las largas caminatas que hemos dado han sido un absoluto disfrute, no sólo porque los veo sonrientes (sí, creo firmemente que los perros también sonríen) hasta las orejas, con el vientecillo dándoles de frente. También porque me gusta sentir mis piernas y pies trabajando, ir viendo las casas, los edificios, los árboles, las plantas, los autos, la gente, otros perros... Sentir que el mundo camina, pues. Será por eso que realmente no me importa recorrer un montón de cuadras para llegar al parque más cercano y luego regresar. A la vuelta, sentir que piernas y pies te punzan es una delicia extraña. Un recordatorio muy simple de la maravilla que es el cuerpo. De lo bien que le cae al ánimo no pensar en ninguna otra cosa que lo que está pasando en tus narices.

lunes, octubre 18

¡Yeah!

Hay una escena en In Her Shoes en la que Rose (Toni Collete), la abogada que se obliga a tomar una pausa en su vida laboral, sube corriendo unas escaleras, completamente liberada, acompañada por todos los perros que ahora pasea durante sus mañanas. Más o menos así me sentí esta mañana, paseando con el par de perros que tengo de momento como inquilinos. No subimos ningunas escaleras, pero sí atravesamos corriendo un prado que parecía estar ahí sólo para nosotros. Juro que no sólo yo iba gozando el momento. Tan pronto paré, pensé: aquello de la vida está en otra parte me resulta ya una reverenda tontería. La vida está aquí, ahora. Dentro de uno mismo. Incesante. La cuestión es si uno quiere o no admitirlo.


La magia de un concierto

Durante equis minutos, lo único que importa es aquellos que están sobre el escenario y los acordes que emanan de sus respectivos trastes musicales. Miles de manos, pies y bocas se sintonizan. Se aplaude, se corea, se grita, se brinca, se brinda... La piel se eriza una y otra vez, y uno sonríe, sonríe de veras. Con cada partícula. Todo lo que no sea ese momento, simplemente no existe. Es un auténtico aquí y ahora de éxtasis. Después, quedan los recuerdos; más o menos difusos. Pero siempre, la sensación de haber sido parte de un gran, gran acto de magia pura. Memorable. Esta vez, a cargo de Arcade Fire.

Les dejo la belleza que es "Wake Up", con la cual cerraron y terminaron de robarse mi corazón. :'D

martes, septiembre 28

Retrato ilustrado

Hace unos días el mareado encontró esta ilustración en interné y dijo que le recordaba a mí. Siento más que bonito que me vea de este modo. Como me dijo Ev. hace poco: es como mi Hobbes personalísimo. Y ya. Suficiente cursilez por post.


Tengan en cuenta que la ilustración salió de este sitio: http://tthp.bigcartel.com/

lunes, septiembre 27

Estar solo, o con uno mismo



Hacía tiempo que no iba sola al cine. Bastante, de hecho. Y hoy que fui a ver Comer. Rezar. Amar recordé lo bien que le hace al ánimo. Al menos al mío, que nunca le ha encontrado el lado lamentable a ir sola a una sala. Ni a la palabra sola, de hecho. Será que si algo me dejó mi infancia es darme cuenta de que, de algún modo, uno nunca está solo, sino siempre consigo mismo. Aunque no todo el tiempo resulte fácil lidiarse. Pero esa es otra historia.
El caso es que ir al cine sin compañía es una de esas indulgencias que olvido darme con mayor frecuencia. Y me hace salir radiante a encontrarme de nuevo con el mundo, sin que importe qué tan buena, mediocre o mala me haya parecido la película. Será que sola todo es más como... a granel. No hay ni pizca de mí preocupada por el gusto del otro. Ni me siento compelida a salir con una postura en la boca tan pronto pongo un pie fuera de la sala. Sólo estoy ahí, frente a la pantalla, absorbiendo más sin filtros que nunca lo que esta proyecta. Saboreando el disponer por completo de un tiempo para mí. Justo como cuando leo, escribo, duermo una siesta o salgo a caminar sin rumbo fijo. O incluso cuando estoy en casa, en silencio. De algún modo es un abrazo. De esos que sólo uno puede darse.

martes, septiembre 14

¿Me guardas?

Ya les había dicho que colecciono botellas verdes. O eso creo. Bueno, lo cierto es que también me encantan esos envases que te imploran guardarlos (aunque no sepas para qué), sin importar cuál es el producto que viene con ellos. Y resulta que a alguien ya se le ocurrió compilar la de boniteces hechas envases que hay en el mundo (así sólo sea en formato diseño-estudiantil). Echénse una vueltita por www.lovelypackage y verán. Yo, por lo pronto, quiero los sundaes, el cafecito, las velas, más botellas de agua, muchos Happy Kits y...





lunes, septiembre 13

Meras intervenciones

Tonteando por ahí me encontré con este tumblr: http://lofeonosevende.tumblr.com/ y quería compartir con ustedes sus intervenciones librísticas. Según veo, es de creación reciente (el tumblr) y la onda es más bien darnos la menor información posible, pero de que está bonito, está bonito. Digo yo.





lunes, septiembre 6

Pretender que es ficción

–Besides, if you are bothered by the idea of this being real, you are invited to do what the author should have done, and what authors and readers have been doing since the beginning of time:
PRETEND IT'S FICTION

Reí como tontita con este extracto de A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers. 

viernes, septiembre 3

La vida en bici

La dócil Martina.
De chamaca le ponía un Frutsi a la llanta de atrás de mi bicicleta. No sólo me gustaba el sonido al andar. También el que hacía al frenar bruscamente y derrapar. No recuerdo el día en el que aprendí a andar en dos ruedas, pero sí me recuerdo primero a bordo de un triciclo, luego de una bicicleta con llantitas amarillas, más tarde en una de tamaño medio (a esta era a la que le ponía el Frutsi), seguida por una de carreras (nunca logré entenderme bien con ella) y una de montaña.
En mi bicicleta pimpeada con el Frutsi salía cada tarde a recorrer la cuadra en la que estaba nuestra casa. Iba y venía sinfín, hasta ultrachapearme los cachetes. Para cuando tuve la de montaña, mi costumbre se volvió subir y bajar casi cada tarde la carretera del cerro cercano al que vivíamos. Me gustaba la conquista personal que representaba subir la cuesta, pero sobre todo admirar el paisaje desde la cima y escuchar cómo el viento mecía los árboles. Y luego, dejar que me acariciara las mejillas al descenso. Pero entonces entré a la universidad y a trabajar, y la bicicleta hubo de detener su kilometraje. Vino mi mudanza a 'la ciudad', al tercer piso de un edificio sin elevador, y no siempre estaba de humor para subir y bajar el armatoste, terminé por almacenarlo en casa de mi suegra (ahí sigue, por cierto).
Vuelta a mudar, ahora a un edificio con elevador que de nada me sirve porque está prohibido subirse en él con una bicicleta, opté por comprar un modelo más ligero, de cartero que le llaman. Así fue como llegó Martina a mis manos (la única bicicleta a la que en un acto de tremenda cursilería le he puesto nombre). Lo suficientemente ligera como para subirla y bajarla yo sola varios pisos. No he vuelto a andar en bicicleta con tanta ahínco como antes, pero de vez en cuando si me refugio en las calles desiertas que sólo las mañanas de domingo ofrecen en esta ciudad.
¿Y todo esto a cuento de qué? Pues nada, a que me causa una emoción grandota el que poco a poco se abran más espacios para las bicicletas en la ciudad. Que sea más común andar en una, incluso entre semana. Que se piense en ella como forma de transporte público, porque tengo la firme convicción de que pedalear de vez en cuando le hace muy bien al corazón, y no sólo en cuestiones físicas.

lunes, agosto 30

La curiosa historia del Budita pacifista

No me gusta el color rosa, pero me encanta el llavero rosa que L. me regaló un día, tras un viajecillo de trabajo. No tardé mucho en asignarle el cuidado de mis llaves. Por supuesto, cada que las tomaba me acordaba de L. y de los buenos tiempos que compartimos en la oficina, pero también sonreía sin más razón que por ver el llavero en sí.


Bien. Pues hace unos días le presté esas llaves a mi padre para que fuera y viniera sin tener que tocar el timbre y esperar a que le abriera. Pero quiso el día que en el camino de regreso se le cayeran sin darse cuenta. Cuando tocó la puerta y extrañada le pregunté por qué no había abierto, me dijo que creía haber dejado el llavero en la mesa del comedor. Pero como ahí no estaba, salí corriendo a buscarlo. Algo me decía que por ahí podría andar. Anduve un par de cuadras hasta llegar a una avenida cercana. No tardé mucho en ubicar al Budita rosa, tirado a la mitad de la calle, boca arriba. Pasaron un par de autos antes de que pudiera cruzar para recogerlo, pero ninguno lo atropelló. Tan pronto lo tomé, no pude más que sonreír: sólo estaba un poco raspado. E incluso parecía más sonriente que antes. En ese mismo instante, la molestia que produce la pérdida de unas llaves se esfumó para no regresar. Y el Budita pacifista se ha reinsertado a su labor.

domingo, agosto 29

Una mañana de domingo



Me gusta la alegría perezosa que traen consigo las mañanas de domingo. Esa que le permite a uno entregarse sin tantas restricciones ni ansias a los dictados caprichosos del día y la voluntad. Como abrir el ojo temprano y saltar de la cama para ir casi en pijama a la panadería porque el paladar recordó esos tesoros de harina de origen escocés llamados scones. Para luego recalentarlos y disfrutar cada mordida acompañada de un café con leche bien cargado, mientras se desmenuza el periódico. Decidir con el último sorbo en la taza que siempre sí es un buen día para ir al Munal y ver los collages de Max Ernst. Embutirse los jeans, la sudadera y los tenis, mal-hacerse una coleta y desentenderse de usar el auto. Admirar cada cuadrito a ritmo absolutamente personal. Salir satisfecha de la sala y maravillarte, una vez más, ante la arquitectura del edificio en el que estás. Caminar sin prisas y con una sonrisa, aunque sea interna. Observar las caras relajadas de la gente en el vagón del metro. Regresar a casa y descubrir que en el reloj aún hay más de medio día por delante. Que en camino vienen unos chiles en nogada y... quién sabe qué más.