martes, mayo 25

A la una, a las dos... ¡salta!









Nunca había pensado en ello, pero sospecho que el fotógrafo Philippe Halsman (nacido en ¡Latvia!, en 1906) tenía mucho de razón al decir que: “Cuando le pides a alguien que salte, su atención se concentra en la acción misma de saltar, por lo que su máscara cae, permitiendo que se haga visible la persona real.” Claro, tratándose de un adulto. Porque de niño, quién no brinca sin límites sobre la cama, o de una cama a otra, o donde sea, sin importar cuántas veces se caiga y se rompa la boca.
Y a sabiendas de que la edad acartona (supongo que la fama más), saltar era justamente lo que le pedía Halsman a sus fotografiados una vez terminada la sesión oficial. Un guiño infantil que se tornó en su sello más personal (bajo el término jumpology), en un libro llamado
Jump Book y, ahora, en una energética exposición en una galería neoyorquina (pues sí, ¿dónde más?). De modo que, en estos días, en las paredes de la Laurence Miller, uno puede apreciar quizás algunas de las imágenes (en total, 50 retratos) más espontáneas que existen de esos estrellones que fueron Marilyn Monroe, Fred Astaire, Sophia Loren, Grace Kelly, Richard Nixon, entre otras por el estilo, en la década de los 50. Ush. Y si al ver las imágenes en pantalla entran unas ganas tremendas de saltar, asumo que son irrefrenables estando ahí, frente a ellas. Como sea: ¡A la una, a las dos... ! Pero que alguien nos capture para la posteridad. O al menos, para recordarnos en unos años, ¿no?

Ah, sí. Quién es quién en las fotos.
En orden, todas íconos glamurosos de su época, convertidas en sendas escuinclas por el tipo que trabajaba para la revista Life:
Philippe Halsman (su cara de anodado es fantástica) y Marilyn Monroe, 1954.
Audrey Hepburn, 1955.
Brigitte Bardot, 1951.
Janet Leigh, 1951.
Jean Seberg, 1959.
Grace Kelly, 1959.
J. Fred Muggs (¡un chimpancé!), 1953.

Acá, una nota del New York Times sobre la exposición.
La muestra completa pueden verla aquí (sólo hasta este viernes 28 de mayo).

*Por supuesto, los derechos de las fotos pertenecen a la Galería Laurence Miller.

lunes, mayo 24

Lo que tenga que ser


Yo no sé si Cerati se irá a despertar del coma inducido sin un gramo de secuelas, para recordar todo esto que le pasa como un mal sueño. Puede ser. Puede que no. No nos queda más que esperar para saber.
Yo descubrí al argentino por Bocanada. De ahí conocí a Soda Stereo, cuando ya nada quedaba de ellos (les digo, se me dan tarde los descubrimientos musicales). Aunque hay varias canciones de Cerati como solista que me gustan, ninguno de sus discos me ha vuelto a envolver como aquel de la magnética foto azul. Pero ese no era el punto.
Con esto que le pasa a Cerati pienso en algo que siempre me ha resultado curioso: cómo nos cuesta trabajo aceptar lo natural (aquello de enfermar, envejecer y morir). Nos preguntamos cómo puede pasarle algo así a alguien de 'apenas' 50 años, talentoso, querido. Cómo puede estar en riesgo de muerte él y no otro más prescindible (para nosotros). Cómo puede ser que en un segundo cayera fulminado, si el anterior estaba bien; sobre todo cuando aún tiene tanto que darle al mundo (cómo sabemos esto, quién sabe). Pero en ningún caso hay otra respuesta más que: así, así como pasó. En un abrir y cerrar de ojos. Foc. ¿Que sorprende? Pues sí. ¿Que entristece? También. Qué más quisiera uno no ser confrontado tan de sopetón con lo ilusoria que es nuestra idea de certeza, de permanencia. De todo aquello que nos importa y de nosotros. En fin. Cerati: si tienes que volver, que sea en las mejores condiciones posibles. Si tienes que irte, se te extrañará.

domingo, mayo 23

Una simple taza de café

Conectar la cafetera. Abrir el depósito de agua. Vaciar en él una taza y piquito de agua. Cargar el filtro con tres y media cucharaditas de café. Colocar la taza debajo del filtro. Encender la cafetera. Escuchar el sonido del agua bullendo. Aguardar cuestión de casi un minuto para que gota a gota el ambiente empiece a impregnarse del olor a café. Esperar unos minutos (1' 31", en la mía) para que la taza se llene. Vertir un chorrito de leche. O no, según el humor. Aguardar unos minutos más para no escaldarse la lengua. Saborear sorbo a sorbo. Sin prisas. Sentir cómo el líquido recorre el interior de nuestro cuerpo. Cómo la cafeína alegra la circulación. Ah. Qué maravilla poder llenar el día de simples rutinas como esta. Mejor que esperar impaciente en una atolondrada fila. Garantizado. Es cosa de no pensar más que en lo que se está haciendo. Y ya.



sábado, mayo 22

1 día, 1 película

A partir del lunes, ver al menos una película por día entre semana será parte de mi día (o al menos eso me he propuesto). ¿Por qué? Porque ya me harté de ir sumando títulos a mi repisa con mejor condición de la que tengo para verlos; sea por primera vez, por segunda o por quincoagésima. Porque qué caso tiene ir coleccionando películas si uno no hace más que suspirar por algún día poder tener tiempo para ¡(re)verlas!, en lugar de buscar el espacio para hacerlo. Pero, sobre todo, lo haré porque las películas me hacen soñar, reír, viajar, llorar, enojar, me sorprenden, me transportan, me seducen, me motivan, me desgarran, me alegran, me... tantas cosas. Y mi yo hedonista ha decidido que es hora de embriagarse a diario con cocteles así, en vez de licuados de estrés y amargue oficinil. Y punto. Lo haré, pues, porque quiero y porque podré. Porque siempre se puede, y es más bien uno quien pierde el tiempo diciéndose que no. Total, está visto que ya les iré relatando qué veo y qué siento. Por lo pronto, ya sé de cierto que arrancaré semejante dieta cinematográfica con Los lunes al sol.

Y es acá donde daré cuenta de mi maratón: http://dietadeocio.blogspot.com

lunes, mayo 10

Exquisiteces para el corazón


Nunca fui una niña que coleccionara muñecas. Más bien fui una niña que jugaba con ellas. Una vez salidas de la caja, jamás volvían a ser merecedoras del calificativo impecables. Si no perdían la cabeza para luego recuperarla a costa de un poco de cuello, terminaban con terribles cortes de pelo (que a mí entonces me parecían fantásticos) o un tanto chamagosas, de tanto arrastrarlas. Eso sí, de poco paseadas jamás pudieron quejarse. Pero curioseando el otro día me topé con estas de la foto, llamadas kouklitas, que sí me dieron ganas de sumar a una de mis repisas (ha de ser porque son de trapo). Además de hacerme pensar en algo muy simple (tan simple que se pasa por alto), más allá de lo exquisitamente hechas que están...
No sé por qué, pero cuando eché un vistazo a la página del neoyorquino que las hace (¿por qué siempre la gente detrás de cosas así es 'neoyorquina'?) me imaginé a su creador emocionado, primero, decidiendo qué look darle a cada una. Luego, pintándolas con ahínco y confeccionando cada traje. Y, finalmente, alistándolas para la foto vendedora. Siempre con una sonrisa en el corazón. Porque según yo, de no ser así, sus minirréplicas de modelos de pasarela no resultarían tan apetecibles.
Así que nada. Lo sabido: el entusiasmo que uno pone en lo que hace, se transmite. Y ello hace toda la diferencia. Para uno y para el resto del mundo. Qué importante es no traicionar al corazón. No obligarlo a hacer cosas que, en vez de alegría, le infunden desaliento de manera rutinaria.
A hacer, pues, cosas que nos alimenten en vez de drenarnos. Y si lo olvida uno de nuevo, a atender los guiños que la vida nos hace para recordárnoslo.