martes, agosto 31

El secreto de la vida

¿Te gusta la comida?, ¿consigues sentir su sabor? Cuando te despiertas por la mañana, ¿estás contento? ¿Estás contento durante el día? Y cuando te vas a la cama a dormir, ¿te encuentras bien? Cuando ves a un amigo venir hacia ti, ¿te alegras? ¿Te fastidia? Cuando ves un paisaje, ¿se te mete dentro, te impresiona? ¿Y la música? Intenta pensar en el extranjero, ¿te gustaría ir?, ¿te excita la idea? ¿o te preocupa? 
¿Esperas con alegría el día de mañana? ¿Lo que sucederá dentro de tres días? ¿Y el futuro? ¿Te excita? ¿Te entristece? ¿Y ahora? ¿Te van bien las cosas ahora? ¿Estás contento contigo mismo?

–Estas preguntas –sonrió mamá mirando a Yoshio a los ojos – son el checkpoint secreto de la vida que me enseñó el abuelo.
(...)
–¿Cuando uno tiene problemas, debería hacerse estas preguntas y contestárselas él solo?, pregunté.
–Así es, asintió mamá. Pero no hay que mentirse nunca. Uno puede responderse que está mal, que es un desastre, etcétera. Cada noche, antes de dormir, hay que cerrar los ojos y plantearse estas preguntas seriamente. Aunque los días negativos se sucedan, hay que seguir planteándolas. El simple coraje de hacerlo empieza a construir un centro. Parece una religión, pero quizá necesitemos tener una. 
Estas preguntas no deben servirnos para que nos construyamos coartadas. Si hacérnoslas nos tranquiliza demasiado, podemos no darnos cuenta de que nos encontramos en una situación crítica. Recordadlo: uno no puede mentirse a sí mismo.


*Esta conversación (aquí en versión condensada) se da en Amrita, de Banana Yoshimoto.

lunes, agosto 30

La curiosa historia del Budita pacifista

No me gusta el color rosa, pero me encanta el llavero rosa que L. me regaló un día, tras un viajecillo de trabajo. No tardé mucho en asignarle el cuidado de mis llaves. Por supuesto, cada que las tomaba me acordaba de L. y de los buenos tiempos que compartimos en la oficina, pero también sonreía sin más razón que por ver el llavero en sí.


Bien. Pues hace unos días le presté esas llaves a mi padre para que fuera y viniera sin tener que tocar el timbre y esperar a que le abriera. Pero quiso el día que en el camino de regreso se le cayeran sin darse cuenta. Cuando tocó la puerta y extrañada le pregunté por qué no había abierto, me dijo que creía haber dejado el llavero en la mesa del comedor. Pero como ahí no estaba, salí corriendo a buscarlo. Algo me decía que por ahí podría andar. Anduve un par de cuadras hasta llegar a una avenida cercana. No tardé mucho en ubicar al Budita rosa, tirado a la mitad de la calle, boca arriba. Pasaron un par de autos antes de que pudiera cruzar para recogerlo, pero ninguno lo atropelló. Tan pronto lo tomé, no pude más que sonreír: sólo estaba un poco raspado. E incluso parecía más sonriente que antes. En ese mismo instante, la molestia que produce la pérdida de unas llaves se esfumó para no regresar. Y el Budita pacifista se ha reinsertado a su labor.

domingo, agosto 29

Una mañana de domingo



Me gusta la alegría perezosa que traen consigo las mañanas de domingo. Esa que le permite a uno entregarse sin tantas restricciones ni ansias a los dictados caprichosos del día y la voluntad. Como abrir el ojo temprano y saltar de la cama para ir casi en pijama a la panadería porque el paladar recordó esos tesoros de harina de origen escocés llamados scones. Para luego recalentarlos y disfrutar cada mordida acompañada de un café con leche bien cargado, mientras se desmenuza el periódico. Decidir con el último sorbo en la taza que siempre sí es un buen día para ir al Munal y ver los collages de Max Ernst. Embutirse los jeans, la sudadera y los tenis, mal-hacerse una coleta y desentenderse de usar el auto. Admirar cada cuadrito a ritmo absolutamente personal. Salir satisfecha de la sala y maravillarte, una vez más, ante la arquitectura del edificio en el que estás. Caminar sin prisas y con una sonrisa, aunque sea interna. Observar las caras relajadas de la gente en el vagón del metro. Regresar a casa y descubrir que en el reloj aún hay más de medio día por delante. Que en camino vienen unos chiles en nogada y... quién sabe qué más.


jueves, agosto 26

Bombas de relojería

Uno de estos días me sacudió un remolino de certeza de que nuestras vidas se rigen por una precisión inaudita, que se escapa a nuestra comprensión bípeda. El mundo está loco, nos decimos como para desestimar eso que no entendemos. Pero si uno echa un vistazo a la historia propia, resulta que todo aquello que nos ha acontecido y todas aquellas personas con las que nos hemos cruzado han desencadenado procesos en nosotros (aunque sea mínimos) y nos han llevado, básicamente, al momento en el que estamos. Todo, cual bombas de relojería. Un efecto que, sin darnos cuenta, nosotros mismos tenemos para los demás.
Y luego, fui y me encontré con esto, que tiene un poco qué ver:

Todos somos como bombas preparadas para explotar de amor. Los hombres y la mujeres más violentos, los más terroríficos, los más rechazados por la sociedad debido a sus crímenes no son una excepción. Yo estoy aquí para pulsar el detonador. ¿Cuál es el detonador? A veces casi nada. Tres segundo de presencia total en el otro pueden ser suficientes. El hombre no alcanza el punto irreversible. Aceptar tocar al otro, es aceptar hacer explotar esa bomba. Esta es la única solución a la violencia. Tocar. Yo voy a enseñarte a tocar. El shivaísmo se basa en el contacto con los 36 tattvas o categorías del universo. Esta es la base sobre la que reposa todo el tantrismo.


Di con ello en este blog. Como lo indica el posteador, se trata de un extracto de Tantra, la iniciación de un occidental al amor absoluto, de Daniel Odier. Les digo, todo está ahí en un momento determinado. Aunque no siempre estemos de acuerdo con lo que ese estar ahí implica. O lo que ese estallido pretende mostrarnos. Pero no nos queda más que ir y tocar.

miércoles, agosto 25

Mi crush con Marilyn y sus fotos



Si hay fotos de celebridades que me atrapan son las de Marilyn Monroe. Sobre todo aquellas que la captan algo desprevenida, despojada de la pose sexy con vestidos y peinados acartonados, o en situaciones más mundanas. Esas en las que sonríe más la persona que la actriz, en las que se nota cómoda con su cuerpo. Y en las que más atractivo destila, según yo. No sé bien en qué momento o a raíz de qué surgió mi crush con este tipo de tomas suyas, pero estoy casi segura que de tener miles y miles de dólares no me molestaría destinar unos cuantos para adquirir alguna de ellas. Cosa que resulta aún más curiosa porque no he visto ninguna de sus películas (y tampoco es que pretenda hacerlo), no conozco los detalles de su vida con lupa de fan y todo el misterio sobre su muerte realmente no me quita el sueño. Pero algo de esta mujer reflejado en las fotos me resulta un imán tremendo. Será esa fragilidad suya de la que he escuchado hablar. Será simplemente que, sin maquillaje, me parece que fue una mujer hermosa.
Una de mis imágenes favoritas (la de arriba) fue tomada por Bert Stern para Vogue, en un shooting (ahora mítico) realizado seis semanas antes de que Marilyn muriera, en 1962. La sesión fue calificada como un desastre absoluto y prácticamente descartada en su totalidad para ser publicada, excepto las imágenes en las que aparece envuelta por ese voluminoso vestido negro. A Marilyn, dicen, le habían horrorizado. Pero muerta la actriz y encumbrado el mito, la sesión resultó una mina de oro que terminó por convertirse en un libro llamado The Last Sitting (si me preguntan, digno de tenerse). Al final, y gracias a la tragedia, Bert Stern tenía en sus manos lo que nadie: Marilyn desnuda, con esa enorme cicatriz de una cirugía de vesícula a la vista y una mirada no sólo sumida en burbujas (qué patraña la recreación que se hiciera con Lindsay Lohan, por cierto). Pero además de las imágenes de esa sesión en particular, hay muchas otras que retratan a esa Marilyn que les digo. Acá les dejo mi muy personal selección.

En la cámara de George Barris.

Un par de tomas de Andre de Dienes.
Imagen de Eve Arnold (quien también tiene un libro dedicado a ella).




De estas tres últimas, debo el dato fotográfico. Espero que nadie se alborote por ello.



"Hollywood is a place where they’ll pay you a thousand dollars for a kiss and fifty cents for your soul"
O eso dijo ella alguna vez.