Con la última hoja del calendario 2010 se irá también la primera década del siglo 21. Con ella, mi paso de los veintes a los treintas. Mi paso a la quesque adultez. Justamente hace diez años empecé a llevar registro puntual de lo que leía (algo de lo que ya les había hablado). Y a partir de él decidí hacer un recuento de las novelas consumidas en este periodo que más grabadas tengo en el corazón y en las tripas. Todas, historias que marcaron o coincidieron con momentos importantes en mi vida. No necesariamente se trata de las "mejores" obras de sus autores o de las primeras que leí de ellos sino, en muchos casos, las obras a partir de las cuales me conquistaron. Con las que me hablaron directamente al oído. Con las que me mostraron formas fascinantes de usar el lenguaje para contar historias, para dar recuento de sus ideas.
No soy de las lectoras que recuerdan santo y seña de los libros. Muchas veces, prácticamente la mayoría, olvido el nombre de los protagonistas, incluso el hilo detallado de sus historias, pero las emociones, el sentimiento que me dejaron a lo largo de sus páginas permanece indeleble. Como inscrito por un rayo. Con eso me bastó para confeccionar esta lista cuyo orden, como siempre, nada tiene que ver con estatus de preferencia, sino con mera cronología de lectura. Y a ustedes, ¿qué libros los definieron en esta década? ¿Qué libros reflejan lo que vivieron en estos diez años? Mejor aún, ¿qué libros o autores les abrieron la puerta a otros mundos?
El tambor de hojalata, de Günter Grass
Rasero, de Rafael Rebolledo
El evangelio según Jesucristo, de José Saramago
La montaña mágica, de Thomas Mann
Las olas, de Virginia Woolf
El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa
Un cuarto propio, de Virginia Woolf
En nombre de la tierra, de Virgilio Ferreira
Disgrace, de J.M. Coetzee
Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño
2666, de Roberto Bolaño
Waiting for the Barbarians, de J.M. Coetzee
Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag
Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro
La edad de hierro, de J.M. Coetzee
The Dying Animal, de Philip Roth
Extremely Loud and Incredibly Closer, de Jonathan Safran Foer
Mi vida, mi libertad, de Ayaan Hirsi Ali
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt
Dance, Dance, Dance, de Haruki Murakami
La carretera, de Cormac McCarthy
Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski
Una pantera en el sótano, de Amos Oz
jueves, diciembre 23
Mi 2010, en libros
Pues sí, de nuevo está a punto de escabullírsenos del costal otro año. Y antes de que lo haga por completo, es momento de hacer un recuento del entretenimiento atragantado a lo largo de sus días. Para empezar, de los autores y de los personajes que me acompañaron durante incontables horas, con el trasero echado en la cama o apoltronado en alguna silla, pero con la mente en cualquier que fuera su mundo. Helos aquí, enlistados en estricto orden de como fueron pasando por mis ojos. Marcados en bold aquellos que más disfruté, me impactaron, me estrujaron... Aunque la mención entrañable del año se la lleva Amos Oz, de cuyas letras me enamoré sin remedio.
Al pie de la escalera, de Lorrie Moore
Ordeno y mando, de Amèlie Nothomb
La carretera, de Cormac McCarthy
Alta fidelidad, de Nick Hornby
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami
Push, de Sapphire
Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski
Juliet, Naked, de Nick Hornby
El mejor humor inglés, compilación de varios autores británicos hecha por Anagrama
Un día antes de la felicidad, de Erri de Luca
El guardián entre el centeno, de D.J. Sallinger
Kitchen, de Banana Yoshimoto
La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami
American Psycho, de Bret Easton Ellis
Elegía para un americano, de Siri Hustvedt
Orlando, de Virginia Woolf
Intimidad, de Hanif Kureishi
Los vagabundos del Dharma, de Jack Kerouac
Comer Rezar Amar, de Elizabeth Gilbert
How to Lose Friends and Alienate People, de Toby Young
Amrita, de Banana Yoshimoto
A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers
Kakfa en la orilla, de Haruki Murakami
Una pantera en el sótano, de Amos Oz
Los imperfeccionistas, de Tom Rachman
Expiación, de Ian McEwan
Twelve, de Nick McDonell
No digas Noche, de Amos Oz
Un descanso verdadero, de Amos Oz
Orgullo y prejuicio, de Jane Austen
Orgullo y prejuicio y zombies, de Seth Grahame-Smith
*Lo que me hizo reflexionar y sentir prácticamente la mitad de los libros aquí enlistados está compilado a detalle por acá: dietadeocio.blogspot.com
miércoles, diciembre 22
Pink Floyd y yo
![]() |
| Esta foto es cortesía de @totalmentepelos |
Recuerdo, por ejemplo, la fascinación que de chamaca me provocaba ver las portadas de cada uno de los LP que tenía mi papá (Animals y A Momentary Lapse of Reason eran las que más me gustaban). Podía verlas una y otra y otra y otra vez. Y se trataba de una fascinación propia, porque no tenía que estar puesto el disco para que me pasara un buen rato admirándolas. Tampoco es que alguien me dijera: "mira esto". Sacarlas de su lugar y contemplarlas era algo que se me podía ocurrir en cualquier momento.
También recuerdo la atracción que ejercían en mis oídos los acordes, los sonidos, la ausencia momentánea de voz, las conversaciones, las largas intros de sus canciones... Era algo muy distinto a todo lo demás que se escuchaba en casa. De entre todas las selecciones musicales que ponían mis padres los fines de semana, Pink Floyd era lo que reconocía sin fallo, lo que más extrañamente me entusiasmaba. Hasta que llegó el momento en que el que más allá del gusto de mi papá, yo quería escuchar sus discos. Me alegraba la mañana de sábado escuchar a todo volumen el inicio de "Learning To Fly" (la canción que más me gusta de ellos, de hecho), corear "Us and Them", escuchar las monedas en "Money" o los cambios de voces en "Another Brick in the Wall". Cimbrar las ventanas con cualquiera de ellas. U otra.
Otro recuerdo que conservo intacto es la tarde-noche que acompañé a mi padre al súper a comprar nuestro primer reproductor de discos compactos y el primer cd que llegó a casa: Delicate Sound of Thunder. Ambos regresamos raudos y sonrientes para conectar lo que había que conectar y ponerlo a todo volumen. Ni hablar de lo sorprendente que fue ir al concierto en el Autódromo Hermanos Rodríguez, en 1994. ¿Pena adolescente de salir con mis padres? Ninguna. Ese día me parecieron lo más cool del mundo. Tampoco olvido el día que comprendí a cabalidad la letra de "Wish You Were Here".
Desde entonces, nunca me ha faltado al menos una persona querida para quien también Pink Floyd es referencia básica. De ahí que no pueda decir que identifico sus discos con una época en particular. Más bien, su música es un continuum en mi banda sonora. De ahí el no titubeo para comprar un boleto de la primera sección cuando vino al Foro Sol, en 2007; y mi corredera angustiada por las calles para llegar mientras escuchaba los primeros acordes de ese concierto. De ahí los brincos que dimos la chuletita querida y yo cuando lo vimos tocar a escasos metros de distancia. De ahí la chilladera, la piel erizada y la emoción desbordada de estar en el Palacio de los Deportes esta vez (con todo y que The Wall no es mi disco más entrañable). Estando ahí me di cuenta de cuán arraigados están sus sonidos en mi corazón. Fui y lloré de la emoción por mí misma. Por ver el espectáculo. Por compartirlo con el mareado, para quien Pink Floyd es tan importante como para mí (no podía ser de otra forma). Por escuchar lo más alto que es posible, algo a lo que siempre me ha emocionado subirle el volumen. Lo único que faltó fue mi padre. Realmente me hubiera gustado tenerlo en el asiento de junto y ver su cara de gozo. No sé en qué estaba pensando para no reaccionar a tiempo y conseguirle un boleto. Sí que le agradezco haberme presentado (que no impuesto) a tipos como Roger Waters.
viernes, diciembre 17
miércoles, diciembre 15
De botargas japichaini
Ya sé que el desfile del Día de Gracias en Estados Unidos fue hace unas semanas atrás, pero es que apenas vi las fotos y descubrí que Takashi Murakami recorrió, así como lo ven, las calles en un carro alegórico. La pura japichainez, caray. Por supuesto, quiero una botarga así para la próxima fiesta de disfraces. Gracias.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





