Hace mucho más de un año que dejé de escribir en este blog. Cuántas cosas han cambiado de lugar desde entonces. Aunque a veces pareciera que no, que todo está en el mismo sitio. Pero es solo una apariencia. A lo largo de estos meses me he hecho a la costumbre de no vivir la misma rutina, de modo que ahora no siempre sé qué día de la semana o del mes es. Olvido montones de cosas. Los mapas mentales de las calles que había en mi cabeza han sido sustituidos por mapas en blanco que se escriben conforme busco una calle (es sorprendente la cantidad de vueltas que termino dando por eso). Pasé de vivir presa de una rutina tediosa (que odiaba cada vez más) a experimentar ajustes de horarios y planes cada semana, cada día. Quizás es por eso que le he dado tantas vueltas al hecho de regresar a este sitio. Hubo días en los que pensé que no volvería a hacerlo nunca más, hasta que finalmente comprendí que tenía que escribir un último post y mudarme de sitio, pues este blog lo empecé buscando deshacerme del terrible síndrome del Sunday Blues que entonces me aquejaba y así no es como vivo ahora los domingos. Pensé también en dejar de escribir tonteras de blog, pero no me es posible. Así que desde ya pueden mudarse conmigo a hablar de la alegría desmesurada que implica la comida en este blog o a este otro, donde voy acumulando notas sueltas del día a día.
lunes, junio 18
domingo, enero 16
Una pausa
Fue para hablar de la tristeza y el desasosiego que me provocaban las tardes de domingo que postée por primera vez en este blog (el llamado Sunday blues, pues), hace poco menos de dos años. Y es una tarde de domingo que escribo para ponerlo en una pausa indefinida. Entre ese domingo (aunque el post esté fechado en martes, fue un domingo cuando lo escribí) y este, muchas cosas han pasado en mi vida. Las suficientes como para tener la idea de que ha pasado mucho más tiempo que dos años. Entre ellas, el darme cuenta de que aferrarme a los domingos solo fortalecía mi aberración por los lunes. El aprender a disfrutar cada día y lo que este implica, sin importar si se trata de un día de descanso o un día de trabajo o de frenética actividad casera y personal. Todos, al final, son días hechos de 24 horas. Llenos de minutos para sentir, respirar, amar, echar a perder y divertirse. Y ahora, con eso ya un tanto más claro, es hora de sumergirme en una especie de retiro para ponerlo todavía más en práctica. Para deshacerme de más y más equipaje innecesario. No descarto que mientras estoy en ello alguno que otro post pueda aparecer por aquí. Ya veremos. Por ahora, helo en pausa. Gracias por leerme. Gracias por comentar y compartir conmigo este espacio. Ya volveré a alimentarlo (o eso espero).
sábado, enero 1
Mi 2010, en sí
Mi plan era escribir este post antes de que terminara 2010, pero evidentemente no lo hice. Será que es uno de esos posts que escribí y reescribí en mi mente varias veces sin llegar a una versión que me hiciera decir: sí, por ahí va. Será que no me decidía entre hacer un recuento minucioso o limitarme a un par de palabras (entre ellas: gratitud). Al final he decidido más bien hablar de cómo me sentí ayer por la noche, con el año extinguiéndose. Porque eso aprendí a hacer en los 365 días que lo comprendieron. Porque contrasta completamente con mis sentimientos en la víspera del 2009, cuando nadaba en un profundo pozo de agotamiento, frustración y enojo. Mucho enojo. Pero anoche, envuelta en mi pijama, mi corazón vibraba de alegría y de gratitud por el simple hecho de estar aquí. Sonreí al recordar a cada una de las personas con las que compartí el año que recién se nos fue. Por haber comprendido que el gozo de transitar cada día no depende de cuánto se ajuste (o no) a nuestras expectativas y deseos, sino enteramente de aceptarlo como es, de abrirle los brazos y escuchar qué tiene que decirnos y darnos. Anoche lagrimeé de felicidad. Me sentí rebosante de amor. De oxígeno. Y todo, gracias a lo sucedido entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2010. De ahí que hablar de lo bueno y lo malo perdiera sentido. Mi sentir la noche de anoche no habría sido posible sin el conjunto. Qué dicha saber eso. Qué paz.
jueves, diciembre 23
Mi 2010, en música
Si hiciera un conteo de los conciertos a los que no fui y no me habría molestado ir (como Andrés Calamaro, Stereo Total, Belle & Sebastian... ), la siguiente lista no estaría tan anoréxica como lo está (aunque en una de esas no hubo tantos conciertos como imagino al momento de escribir esto). Pero, independiente al factor cartera (que este año andaba pensando en otras cosas), tampoco puedo decir que soy verdadera entusiasta de ir a todos-todos los conciertos que dan las bandas que suelo escuchar de vez en vez. En este asunto soy más rigidita, digamos. Como que profeso amor concertil únicamente a unos pocos. En fin. Pláceme mucho que a dos de los tres a los que fui valen por no-sé-precisar-cuántos-otros. Por lo mucho que me emocioné en ellos. Especialmente el de Roger Waters, que se inscribió como uno de los mejores de mi vida. No exagero (aunque como ya dediqué un post previo a este hombre, la foto elegida para este es del otro concierto que robó mi corazón). Entonces, ¿a cuáles fui? Pues al Corona Festival: concretamente a ver a los Pixies y a Regina Spektor. A Arcade Fire. Y ya sabemos, a Roger Waters/The Wall. Y ya.
En cuanto a conteo de discos o canciones que marcaron este 2010 tiene que ver, rayo en el terreno de lo desastroso. Mi problema, ya se sabe, es que me gusta demasiado el silencio y cuando realmente una banda alcanza las fibras de mi coranzocito musical me obsesiono tanto que repito un disco o una canción suya (y no precisamente nuevos) a niveles obsesivos insanos. Lo que hace que mi banda sonora de cada año carezca de sustanciosa variedad. No les miento al decir que buena parte de los días y trayectos correspondientes a este se me fueron en compañía de los mismos discos que el año pasado y dos más:
Seventh Tree, de Goldfrapp ("Happiness" ha de haber sido una de las canciones que más, más, más repetí) y el soundtrack de Where the Wild Things Are, de Karen O and The Kids ("All is Love" ha de ser la segunda que más, más, más repetí). Sin contar los días en los que me acompañaron mis músicos de siempre-siempre. Qué le vamos a hacer, me gusta demasiado la familiaridad musical.
Mi 2010, en películas
Hacer este conteo me ha resultado muchito más complicado que el anterior. No colecciono los boletos de cine ni cumplí aquello de también llevar un registro en este rubro. Pero sí el abalanzarme con menos empacho a las salas de cine y al sillón de mi casa, al menos en comparación con el año pasado, que estuvo paupérrimo. Si a eso sumamos que increíblemente logré echarme la Muestra Internacional de Cine completa, diría que la lista está nutridita. Eso sí, incluidas aquí están únicamente las películas que vi por primera vez. ¿Orden? Ninguno. Están a la buena de como las fui recordando y compilando gracias a los tops del año de diferentes medios. Así que no dudo que haya omitido una que otra. En bold, las que más en éxtasis me dejaron al llegar a los créditos. Así sea porque no paré de reír al verlas.
Fantastic Mr. Fox
Iron Man 2
Alice in Wonderland
Prince of Persia
Sherlock Holmes
Date Night
The Hurt Locker
A Serious Man
Shutter Island
The Blind Side
Zombieland
The Ghost Writter
Where the Wild Things Are
Precious
The Road
Imaginarium of Dr. Parnassus
An Education
Julie & Julia
The Men Who Stare at Goats
My Neighbor Totoro
RockMarí (por razones con altos tintes de nepotismo. Reconozco que está pésimamente dirigida y... bueh).
Ponyo
Crepúsculo
Luna nueva
Eclipse
Frost/Nixon
Toy Story 3
Rosemary's Baby
Elegy
Away We Go
Moon
Despicable Me
Los hombres que no amaban a las mujeres
The Lovely Bones
Across the Universe
Mary & Max
How to Train Your Dragon
The Town
Up in the Air
Eat Pray Love
Thirst
Inception (no, no olvidé resaltarla. De veras que no me pareció tan maravillosa).
Kick-Ass
Scott Pilgrim vs. The World
Let the Right One In
El extraño caso de Angélica
Verano de Goliat
Ha ha ha
Un hombre que llora
Copia fiel
Anticristo
Somewhere
La leyenda del tío Boonmee
Submarino
La Pivellina
La mirada invisible
White Material
De Dioses y de hombres
The Kids Are All Right
Un filme socialista
You Will Meet a Tall Dark Stranger
Tetro
Tender Son
Bright Star
Y sí, me falta The Social Network. Pero con esa cerraré el año la próxima semana.
*Muchas de estas películas están comentadas en mi experimento de tragadera de entretenimiento hecho blog: dietadeocio.blogspot.com Por si gustan darse una vuelta.
24 historias entrañables para una década
Con la última hoja del calendario 2010 se irá también la primera década del siglo 21. Con ella, mi paso de los veintes a los treintas. Mi paso a la quesque adultez. Justamente hace diez años empecé a llevar registro puntual de lo que leía (algo de lo que ya les había hablado). Y a partir de él decidí hacer un recuento de las novelas consumidas en este periodo que más grabadas tengo en el corazón y en las tripas. Todas, historias que marcaron o coincidieron con momentos importantes en mi vida. No necesariamente se trata de las "mejores" obras de sus autores o de las primeras que leí de ellos sino, en muchos casos, las obras a partir de las cuales me conquistaron. Con las que me hablaron directamente al oído. Con las que me mostraron formas fascinantes de usar el lenguaje para contar historias, para dar recuento de sus ideas.
No soy de las lectoras que recuerdan santo y seña de los libros. Muchas veces, prácticamente la mayoría, olvido el nombre de los protagonistas, incluso el hilo detallado de sus historias, pero las emociones, el sentimiento que me dejaron a lo largo de sus páginas permanece indeleble. Como inscrito por un rayo. Con eso me bastó para confeccionar esta lista cuyo orden, como siempre, nada tiene que ver con estatus de preferencia, sino con mera cronología de lectura. Y a ustedes, ¿qué libros los definieron en esta década? ¿Qué libros reflejan lo que vivieron en estos diez años? Mejor aún, ¿qué libros o autores les abrieron la puerta a otros mundos?
El tambor de hojalata, de Günter Grass
Rasero, de Rafael Rebolledo
El evangelio según Jesucristo, de José Saramago
La montaña mágica, de Thomas Mann
Las olas, de Virginia Woolf
El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa
Un cuarto propio, de Virginia Woolf
En nombre de la tierra, de Virgilio Ferreira
Disgrace, de J.M. Coetzee
Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño
2666, de Roberto Bolaño
Waiting for the Barbarians, de J.M. Coetzee
Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag
Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro
La edad de hierro, de J.M. Coetzee
The Dying Animal, de Philip Roth
Extremely Loud and Incredibly Closer, de Jonathan Safran Foer
Mi vida, mi libertad, de Ayaan Hirsi Ali
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt
Dance, Dance, Dance, de Haruki Murakami
La carretera, de Cormac McCarthy
Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski
Una pantera en el sótano, de Amos Oz
No soy de las lectoras que recuerdan santo y seña de los libros. Muchas veces, prácticamente la mayoría, olvido el nombre de los protagonistas, incluso el hilo detallado de sus historias, pero las emociones, el sentimiento que me dejaron a lo largo de sus páginas permanece indeleble. Como inscrito por un rayo. Con eso me bastó para confeccionar esta lista cuyo orden, como siempre, nada tiene que ver con estatus de preferencia, sino con mera cronología de lectura. Y a ustedes, ¿qué libros los definieron en esta década? ¿Qué libros reflejan lo que vivieron en estos diez años? Mejor aún, ¿qué libros o autores les abrieron la puerta a otros mundos?
El tambor de hojalata, de Günter Grass
Rasero, de Rafael Rebolledo
El evangelio según Jesucristo, de José Saramago
La montaña mágica, de Thomas Mann
Las olas, de Virginia Woolf
El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa
Un cuarto propio, de Virginia Woolf
En nombre de la tierra, de Virgilio Ferreira
Disgrace, de J.M. Coetzee
Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño
2666, de Roberto Bolaño
Waiting for the Barbarians, de J.M. Coetzee
Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag
Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro
La edad de hierro, de J.M. Coetzee
The Dying Animal, de Philip Roth
Extremely Loud and Incredibly Closer, de Jonathan Safran Foer
Mi vida, mi libertad, de Ayaan Hirsi Ali
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt
Dance, Dance, Dance, de Haruki Murakami
La carretera, de Cormac McCarthy
Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski
Una pantera en el sótano, de Amos Oz
Mi 2010, en libros
Pues sí, de nuevo está a punto de escabullírsenos del costal otro año. Y antes de que lo haga por completo, es momento de hacer un recuento del entretenimiento atragantado a lo largo de sus días. Para empezar, de los autores y de los personajes que me acompañaron durante incontables horas, con el trasero echado en la cama o apoltronado en alguna silla, pero con la mente en cualquier que fuera su mundo. Helos aquí, enlistados en estricto orden de como fueron pasando por mis ojos. Marcados en bold aquellos que más disfruté, me impactaron, me estrujaron... Aunque la mención entrañable del año se la lleva Amos Oz, de cuyas letras me enamoré sin remedio.
Al pie de la escalera, de Lorrie Moore
Ordeno y mando, de Amèlie Nothomb
La carretera, de Cormac McCarthy
Alta fidelidad, de Nick Hornby
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami
Push, de Sapphire
Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski
Juliet, Naked, de Nick Hornby
El mejor humor inglés, compilación de varios autores británicos hecha por Anagrama
Un día antes de la felicidad, de Erri de Luca
El guardián entre el centeno, de D.J. Sallinger
Kitchen, de Banana Yoshimoto
La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami
American Psycho, de Bret Easton Ellis
Elegía para un americano, de Siri Hustvedt
Orlando, de Virginia Woolf
Intimidad, de Hanif Kureishi
Los vagabundos del Dharma, de Jack Kerouac
Comer Rezar Amar, de Elizabeth Gilbert
How to Lose Friends and Alienate People, de Toby Young
Amrita, de Banana Yoshimoto
A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers
Kakfa en la orilla, de Haruki Murakami
Una pantera en el sótano, de Amos Oz
Los imperfeccionistas, de Tom Rachman
Expiación, de Ian McEwan
Twelve, de Nick McDonell
No digas Noche, de Amos Oz
Un descanso verdadero, de Amos Oz
Orgullo y prejuicio, de Jane Austen
Orgullo y prejuicio y zombies, de Seth Grahame-Smith
*Lo que me hizo reflexionar y sentir prácticamente la mitad de los libros aquí enlistados está compilado a detalle por acá: dietadeocio.blogspot.com
miércoles, diciembre 22
Pink Floyd y yo
![]() |
| Esta foto es cortesía de @totalmentepelos |
Recuerdo, por ejemplo, la fascinación que de chamaca me provocaba ver las portadas de cada uno de los LP que tenía mi papá (Animals y A Momentary Lapse of Reason eran las que más me gustaban). Podía verlas una y otra y otra y otra vez. Y se trataba de una fascinación propia, porque no tenía que estar puesto el disco para que me pasara un buen rato admirándolas. Tampoco es que alguien me dijera: "mira esto". Sacarlas de su lugar y contemplarlas era algo que se me podía ocurrir en cualquier momento.
También recuerdo la atracción que ejercían en mis oídos los acordes, los sonidos, la ausencia momentánea de voz, las conversaciones, las largas intros de sus canciones... Era algo muy distinto a todo lo demás que se escuchaba en casa. De entre todas las selecciones musicales que ponían mis padres los fines de semana, Pink Floyd era lo que reconocía sin fallo, lo que más extrañamente me entusiasmaba. Hasta que llegó el momento en que el que más allá del gusto de mi papá, yo quería escuchar sus discos. Me alegraba la mañana de sábado escuchar a todo volumen el inicio de "Learning To Fly" (la canción que más me gusta de ellos, de hecho), corear "Us and Them", escuchar las monedas en "Money" o los cambios de voces en "Another Brick in the Wall". Cimbrar las ventanas con cualquiera de ellas. U otra.
Otro recuerdo que conservo intacto es la tarde-noche que acompañé a mi padre al súper a comprar nuestro primer reproductor de discos compactos y el primer cd que llegó a casa: Delicate Sound of Thunder. Ambos regresamos raudos y sonrientes para conectar lo que había que conectar y ponerlo a todo volumen. Ni hablar de lo sorprendente que fue ir al concierto en el Autódromo Hermanos Rodríguez, en 1994. ¿Pena adolescente de salir con mis padres? Ninguna. Ese día me parecieron lo más cool del mundo. Tampoco olvido el día que comprendí a cabalidad la letra de "Wish You Were Here".
Desde entonces, nunca me ha faltado al menos una persona querida para quien también Pink Floyd es referencia básica. De ahí que no pueda decir que identifico sus discos con una época en particular. Más bien, su música es un continuum en mi banda sonora. De ahí el no titubeo para comprar un boleto de la primera sección cuando vino al Foro Sol, en 2007; y mi corredera angustiada por las calles para llegar mientras escuchaba los primeros acordes de ese concierto. De ahí los brincos que dimos la chuletita querida y yo cuando lo vimos tocar a escasos metros de distancia. De ahí la chilladera, la piel erizada y la emoción desbordada de estar en el Palacio de los Deportes esta vez (con todo y que The Wall no es mi disco más entrañable). Estando ahí me di cuenta de cuán arraigados están sus sonidos en mi corazón. Fui y lloré de la emoción por mí misma. Por ver el espectáculo. Por compartirlo con el mareado, para quien Pink Floyd es tan importante como para mí (no podía ser de otra forma). Por escuchar lo más alto que es posible, algo a lo que siempre me ha emocionado subirle el volumen. Lo único que faltó fue mi padre. Realmente me hubiera gustado tenerlo en el asiento de junto y ver su cara de gozo. No sé en qué estaba pensando para no reaccionar a tiempo y conseguirle un boleto. Sí que le agradezco haberme presentado (que no impuesto) a tipos como Roger Waters.
viernes, diciembre 17
miércoles, diciembre 15
De botargas japichaini
Ya sé que el desfile del Día de Gracias en Estados Unidos fue hace unas semanas atrás, pero es que apenas vi las fotos y descubrí que Takashi Murakami recorrió, así como lo ven, las calles en un carro alegórico. La pura japichainez, caray. Por supuesto, quiero una botarga así para la próxima fiesta de disfraces. Gracias.
Regalo invernal
Esta guapura llegó apenas la primavera pasada a mi casa, y lo hizo con flores, claro. Así que cuando se marchitaron, di por hecho que si bien me iba, vería nuevos botones hasta el año entrante. Pero por lo visto a la señorita le agradó su hogar y decidió sorprenderme antes. Adorable obsequio de su parte, diría yo. ¿Lo mejor? En medio de las dos flores, se esconde otro botón. Y en su otra rama, que no se ve en las fotos, tiene como tres más en crecimiento. No puedo de la alegría.
lunes, diciembre 6
Totoro es amor
Llevo días con la intención de añadir este .gif a mi firma de mail, pero en lo que encuentro cómo se hace, se los pongo aquí.
Si no ven literalmente llover, den click acá. Y olviden mi incapacidad para causar el mismo efecto en este post.
Otra Vida al límite
Ya he expresado antes mi admiración por el trabajo cronístico de Juan José Millas. Ahora solo quiero compartirles esta nueva entrega de su serie Vidas al límite, que publica de vez en vez en El País Semanal. Es tremenda no nada más por el tema: un hombre, Carlos Santos, que ha decidido terminar con su existencia porque la que lleva ya no es vida. También porque Millás ve confrontada su propia edad. Y, como siempre, ha hecho un texto entrañable.
–Noto en la atmósfera algo que añade desazón a la pesadumbre, como si fuera domingo por la tarde. Y no es domingo, es martes... El texto completo, aquí mero.
–Noto en la atmósfera algo que añade desazón a la pesadumbre, como si fuera domingo por la tarde. Y no es domingo, es martes... El texto completo, aquí mero.
Tó-ma-la
Pinchurrientos budistas adorablemente llenos de sabiduría. ¿Qué tal este párrafo?...
It boils down to this: nobody has fucked up your life, really. The only thing that fucks up your life is that you actually feel somebody has pulled a trick on you or that you have pulled a trick on yourself. And as a matter of fact, there's no you. You don't even exist, you don't exist at all. So nobody's pulling a trick on anybody. Even you don't exist. You are just a myth, a mythical truth.
Es del libro The Path is the Goal, de Chögyam Trungpa.
It boils down to this: nobody has fucked up your life, really. The only thing that fucks up your life is that you actually feel somebody has pulled a trick on you or that you have pulled a trick on yourself. And as a matter of fact, there's no you. You don't even exist, you don't exist at all. So nobody's pulling a trick on anybody. Even you don't exist. You are just a myth, a mythical truth.
Es del libro The Path is the Goal, de Chögyam Trungpa.
miércoles, diciembre 1
Todo se desintegra
Me declaro admiradora férrea de la escritura de Amos Oz. De entre docenas de hermosos fragmentos que me gustaría compartirles de Un descanso verdadero, escojo este, a propósito de todas esas cosas a las cuales nos anclamos como si fueran cuestión de vida o muerte, y en realidad no lo son:
–Las montañas y los desiertos se callan. La tierra enmudece. El cielo arde de día y es oscuro y frío de noche. El invierno sigue al verano y el verano va detrás del invierno. La gente nace y muere y todo se desintegra poco a poco: los cuerpos. Los lugares. Los pensamientos. La mano que escribe todo esto y el bolígrafo y el papel y la mesa. Las creencias y las ideas. Las familias. Todo se desintegra sin cesar, porque el pernicioso tiempo lo corroe todo desde dentro. Todo se desintegra. Como los sonidos de mi flauta en mis noches de soledad en este cuarto: salen, se esparcen, se desvanecen. Todo se va desintegrando. Aún existe y ya casi no está. Sentimientos fuertes. Palabras. Casas de piedra. Países y ciudades amuralladas. Quizá también las estrellas del cielo. El cielo lo deshace todo. Y mientras tanto, la razón se esfuerza por distinguir entre el bien y el mal, la mentira y la verdad. Pero también la razón se desintegra y el tiempo, en su devenir, reduce a polvo todas las marcas del bien y el mal, de lo verdadero y lo falso, de lo feo y lo bonito que intentamos grabar en las cosas. Todo se va deshaciendo. Boloñesi dice: Como las aguas cubren el mar.
–Las montañas y los desiertos se callan. La tierra enmudece. El cielo arde de día y es oscuro y frío de noche. El invierno sigue al verano y el verano va detrás del invierno. La gente nace y muere y todo se desintegra poco a poco: los cuerpos. Los lugares. Los pensamientos. La mano que escribe todo esto y el bolígrafo y el papel y la mesa. Las creencias y las ideas. Las familias. Todo se desintegra sin cesar, porque el pernicioso tiempo lo corroe todo desde dentro. Todo se desintegra. Como los sonidos de mi flauta en mis noches de soledad en este cuarto: salen, se esparcen, se desvanecen. Todo se va desintegrando. Aún existe y ya casi no está. Sentimientos fuertes. Palabras. Casas de piedra. Países y ciudades amuralladas. Quizá también las estrellas del cielo. El cielo lo deshace todo. Y mientras tanto, la razón se esfuerza por distinguir entre el bien y el mal, la mentira y la verdad. Pero también la razón se desintegra y el tiempo, en su devenir, reduce a polvo todas las marcas del bien y el mal, de lo verdadero y lo falso, de lo feo y lo bonito que intentamos grabar en las cosas. Todo se va deshaciendo. Boloñesi dice: Como las aguas cubren el mar.
martes, noviembre 30
¿Araña en potencia?
Hace unos días me armé de valor para tomar unas agujas de tejer y aprender a hacerlo. O al menos intentarlo. Y digo valor porque no siempre permitirse aprender algo nuevo resulta sencillo. El temor de no hacerlo bien, de descubrir que no tenemos suficiente talento o paciencia para ello puede frustrar o amargar el disfrute. Supongo que sirvió que había té, helado y mucha japichainez de por medio, porque no solo me gustó más de lo que en otro momento hubiera pensado. Me llenó de alegría el simple hecho de montar y enlazar puntos, incluso a sabiendas de que para convertir en maravillas una madeja hay un largo trecho que no sé aún si recorreré del todo. Pero qué importa. Ya fui capaz de reírme de mí misma y el pronóstico (certerísimo) de que tejería apretado. Supongo que si a la mera hora fracaso en la misión de convertirme en una verdadera araña, no me sentiré mal por no haberlo logrado.
Lo que también descubrí con gran fascinación es que tejer es tan hipnotizante como gratificante. Uno se concentra en el ir y venir de la agujas y el mundo se desdibuja. Se sonríe genuinamente por el hecho de ir viendo cómo las manos hacen que una bola de estambre vaya tomando forma de un bufandín, por ejemplo, aunque sea bajo el punto más básico. Y ni hablar de la especie de comunión tan especial, tan gozosa, que genera cuando se hace entre un grupo de mujeres. Con razón nuestras bisabuelas y abuelas tejían y tejían.
lunes, noviembre 29
Strudel para el alma
El otro día el #comandosanrio se reunió a tomar té, comer helado, a aprender a tejer y a hornear strudel de manzana, cuyo proceso de elaboración se documentó gracias a @evesilla y sus rollitos Hipstamatic para el iPhone. Por aquello de que se acerca la época navideña y nunca está de más llegar a una reunión con un buen postre, he aquí la receta paso a paso para hacerlo. Espero que lo saboreen tanto como se debe.
¿Qué se requiere?
1/2 kilogramo de pasta hojaldrada
1 kilogramo de manzanas verdes (4 de tamaño medio).
70 gramos de azúcar
70 gramos de nuez
50 gramos de mantequilla
1 huevo
Canela en polvo al gusto
Azúcar glass para espolvorear
¿Qué hacer?
Cocer las manzanas, con todo y cáscara. Una vez cocidas, cortarlas en cuadritos.
Antes de empezar la preparación, engrasar y enharinar el molde (puede ser una charola para horneado o un pyrex rectangular). Tenerlo listo evitará que se remoje de más la parte de abajo de la pasta ya rellena.
Sobre una superficie enharinada, extender la pasta hojaldrada, calculando que con ella pueda hacerse una especie de gran taco. Hay que cuidar que no quede muy delgada para que a la hora de pasar el rollo al molde, este no se desfunde.
Una vez extendida la pasta, colocar al centro (dejando espacio en las orillas), la manzana cocida. Sobre ella, espolvorear azúcar al gusto, la nuez picada, la canela y la mantequilla en forma de cubitos.
Luego, enrollar la masa (primero en forma horizontal) y cerrar las orillas (doblando el sobrante de masa hacia dentro).
¿Qué se requiere?
1/2 kilogramo de pasta hojaldrada
1 kilogramo de manzanas verdes (4 de tamaño medio).
70 gramos de azúcar
70 gramos de nuez
50 gramos de mantequilla
1 huevo
Canela en polvo al gusto
Azúcar glass para espolvorear
¿Qué hacer?
Cocer las manzanas, con todo y cáscara. Una vez cocidas, cortarlas en cuadritos.
Antes de empezar la preparación, engrasar y enharinar el molde (puede ser una charola para horneado o un pyrex rectangular). Tenerlo listo evitará que se remoje de más la parte de abajo de la pasta ya rellena.
Sobre una superficie enharinada, extender la pasta hojaldrada, calculando que con ella pueda hacerse una especie de gran taco. Hay que cuidar que no quede muy delgada para que a la hora de pasar el rollo al molde, este no se desfunde.
Una vez extendida la pasta, colocar al centro (dejando espacio en las orillas), la manzana cocida. Sobre ella, espolvorear azúcar al gusto, la nuez picada, la canela y la mantequilla en forma de cubitos.
Luego, enrollar la masa (primero en forma horizontal) y cerrar las orillas (doblando el sobrante de masa hacia dentro).
Una vez enrollado, barnizar con el huevo batido y pasar los dientes de un tenedor por las orillas y el centro, para pegar la masa. Precalentar el horno a 250 grados C y hornear durante unos 30 minutos o hasta que esté doradito. Cuando esté listo, sacarlo y dejarlo enfríar un poco para finalmente espolvorear con azúcar glass. Y voilá!
jueves, noviembre 18
11,686 días de existencia
Pues sí, hace ese número de días (que a la vez se traducen en 280 mil 464 horas) abrí los ojos en este mundo. Con todo y lo mucho que en algunas épocas me he quejado y dramatizado, la verdad es que tengo harto, harto qué agradecer. Y llego a este punto de mi vida con mucha, mucha paz, y mucho amor en mi corazoncito. Así que gracias, my fellow universe.
*La bonita litografía de este post es obra de @krakenkhan y un regalo para mi persona del mareado.
sábado, noviembre 13
Atracón de palmitas*
Mis padres siempre han sido más de cine de palmitas que de cine comercial. Así que desde pequeña, asistir a las funciones de la Muestra Internacional de Cine ha sido parte de mis hábitos de entretenimiento. Tanto como los maratones fílmicos de fin de semana. Pero la vida laboral todo lo modifica. De algún modo he mantenido la costumbre de los maratones de fin de semana, aunque de manera más esporádica y quizá en versiones más cortas. También la de ir al cine cada que hay algo que llama mi atención, pero hace varios años que me ha sido imposible asistir a las funciones de la Muestra (acudir a la última función entre semana, después de una larga jornada laboral no siempre resulta muy recomendable). Más bien he terminado por ver alguna que otra de las películas seleccionadas ya en DVD o cuando por suerte llegan a la cartelera comercial centurias después. Pero siempre se me escapa alguna que tenía ganas de ver.
Así tuviera que hacer malabares con el tiempo, este año decidí regalarme el tiempo de ver cada una de las 22 películas en exhibición para celebrar mi cumpleaños. No porque crea que necesariamente todas son unas verdaderas joyas de arte que van a sacudirme las tripas (ya se sabe que ningún director admirado es infalible). Tampoco por mera autoimposición cultural sin sentido o porque me parezca una idea muy cool, sino porque la Muestra me parece una fabulosa ventana al mundo, a la mente y mirada de personas de distintas latitudes y formas de pensamientos. Una ventana a la que no siempre puede uno asomarse sin prisas. Y vaya si me emociona contemplar a través de ella sentada en una butaca de cine. Acompañada los fines de semana, por mi cuenta entre semana. Ya veremos qué tan empachada acabo con semejante atracón.
*Y sí, la palabra es palmitas, no palomitas.
viernes, noviembre 5
#comandosanrio
| @evesilla |
![]() |
| @monmargo |
![]() |
| @alhe_ng |
![]() |
| @carolabola |
![]() |
| @Lauvs |
| @nandush |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


































