domingo, enero 16

Una pausa


Fue para hablar de la tristeza y el desasosiego que me provocaban las tardes de domingo que postée por primera vez en este blog (el llamado Sunday blues, pues), hace poco menos de dos años. Y es una tarde de domingo que escribo para ponerlo en una pausa indefinida. Entre ese domingo (aunque el post esté fechado en martes, fue un domingo cuando lo escribí) y este, muchas cosas han pasado en mi vida. Las suficientes como para tener la idea de que ha pasado mucho más tiempo que dos años. Entre ellas, el darme cuenta de que aferrarme a los domingos solo fortalecía mi aberración por los lunes. El aprender a disfrutar cada día y lo que este implica, sin importar si se trata de un día de descanso o un día de trabajo o de frenética actividad casera y personal. Todos, al final, son días hechos de 24 horas. Llenos de minutos para sentir, respirar, amar, echar a perder y divertirse. Y ahora, con eso ya un tanto más claro, es hora de sumergirme en una especie de retiro para ponerlo todavía más en práctica. Para deshacerme de más y más equipaje innecesario. No descarto que mientras estoy en ello alguno que otro post pueda aparecer por aquí. Ya veremos. Por ahora, helo en pausa. Gracias por leerme. Gracias por comentar y compartir conmigo este espacio. Ya volveré a alimentarlo (o eso espero).

sábado, enero 1

Mi 2010, en sí

Mi plan era escribir este post antes de que terminara 2010, pero evidentemente no lo hice. Será que es uno de esos posts que escribí y reescribí en mi mente varias veces sin llegar a una versión que me hiciera decir: sí, por ahí va. Será que no me decidía entre hacer un recuento minucioso o limitarme a un par de palabras (entre ellas: gratitud). Al final he decidido más bien hablar de cómo me sentí ayer por la noche, con el año extinguiéndose. Porque eso aprendí a hacer en los 365 días que lo comprendieron. Porque contrasta completamente con mis sentimientos en la víspera del 2009, cuando nadaba en un profundo pozo de agotamiento, frustración y enojo. Mucho enojo. Pero anoche, envuelta en mi pijama, mi corazón vibraba de alegría y de gratitud por el simple hecho de estar aquí. Sonreí al recordar a cada una de las personas con las que compartí el año que recién se nos fue. Por haber comprendido que el gozo de transitar cada día no depende de cuánto se ajuste (o no) a nuestras expectativas y deseos, sino enteramente de aceptarlo como es, de abrirle los brazos y escuchar qué tiene que decirnos y darnos. Anoche lagrimeé de felicidad. Me sentí rebosante de amor. De oxígeno. Y todo, gracias a lo sucedido entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2010. De ahí que hablar de lo bueno y lo malo perdiera sentido. Mi sentir la noche de anoche no habría sido posible sin el conjunto. Qué dicha saber eso. Qué paz.